Cuando dieron las 12 y comenzó el 1 de enero de este año de Dios que llevamos en curso, una cuñada que tengo decidió encender la cajetilla de 32 “misiles” que zumbaron hacia el cielo y comenzaron a tronar y a destellar su breve luz. Lo hicieron rápido. Al estar viendo los cohetillos estos y ponerle atención a la “tronadera” de cuetes del fondo, típica de nuestra celebración de año nuevo y también de Navidad, no estoy seguro por qué, se me vino a la mente las imágenes de la “Tormenta del Desierto” de 1991. Así se llamaba la operación que terminó con la “Guerra del Golfo”, guerra librada entre Irak y una coalición internacional compuesta por 34 naciones y liderada por, a huevos, Estados Unidos como respuesta a la invasión y anexión forzada del emirato de Kuwait a Irak.
El inicio de la guerra comenzó con la invasión iraquí a Kuwait el 2 de agosto de 1990, la cual fue inmediatamente sancionada económicamente por las Naciones Unidas. Las hostilidades comenzaron en enero de 1991, dando como resultado una crucial victoria para las fuerzas de la coalición, lo cual condujo a que las tropas Iraquíes abandonaran Kuwait dejando un saldo muy alto de víctimas humanas. Las principales batallas fueron combates aéreos y terrestres dentro de Irak, Kuwait, y la frontera de Arabia Saudita. La guerra no se expandió fuera de la zona de Irak-Kuwait-Arabia, aunque algunos misiles iraquíes llegaron a ciudades israelíes.
Las imágenes que se veían de aquél conflicto a través de la televisión eran impresionantes. En medio de la noche, de la oscuridad, solo se lograba ver una serie de luces y se escuchaban truenos lejanos pero bastante seguidos. Aquellas luces eran el reflejo de los misiles disparados en una serie de bombardeos en los que se utilizaron 100 misiles crucero Tomahawk disparados desde barcos estacionados en aguas del Mar Rojo y el Golfo Pérsico. Fue una verdadera tormenta en el desierto.
Habían transcurrido, más o menos, 3 o 4 meses luego del final de aquélla guerra que cedió el 28 de febrero del “buen año” de 1991. Mi mamá tenía en la mano la boleta de calificaciones color “beige” (en estos días “caqui”) que mostraba solo números negros no menores de 80 puntos. Había satisfacción en su mirada y alegría en mi rostro.
Un trimestre después, porque en el Martínez Durán las notas se daban en cada trimestre –si mal no estoy-, no sucedía lo mismo: aparecieron como 3 o 4 números rojos dentro de la libreta de calificaciones.
Lo que yo recuerdo de la guerra del Golfo, no lo recuerdo precisamente por las imágenes que se transmitieron a través de la televisión. De hecho, yo no supe cómo se miraban los bombardeos que recordé el 1 de enero de 2008, sino hasta después que me dieron la libreta de calificaciones del primer trimestre, es más, es por eso que en el segundo trimestre ya aparecieron números rojos.
La razón es muy sencilla: habíamos descompuesto el viejo televisor RCA en blanco y negro a finales de 1990 y mi papá compró uno nuevo y a colores poco antes de mediados de 1991. ¡Si mi viejo no hubiera comprado ese televisor!
…nunca hubiera sabido de la guerra… y nunca hubiera sabido de números rojos mientras estudiaba en el Martínez.
Abrazo de colores para tod@s.
martes 25 de marzo de 2008
Quelito
En aquél entonces, yo creía que era bastante tímido. Bueno, no solo lo creía yo, de hecho, todos lo creían… o se daban cuenta. Pero el que me quitó la corona de la timidez y la llevó consigo, por lo menos un corto tiempo, fue mi querido y bien recordado “Quelito” (Rogelio). El camarada es bien recordado no tanto por las situaciones elaboradas en sí mismo, sino por su preciosísima hermana (o media hermana, que no estaba media buena, sino buena entera).
Pero volvamos al Quelito. Le decían así, claro, por el nombre. Pues, resulta que el Quelito, que levantaba polvo según me acuerdo, era exacerbadamente tímido el joven.
Recuerdo cuando teníamos que ir a los vestidores para cambiarnos en educación física (esta historia ya la conté, en el “after party” del segundo reencuentro, del 19 de enero), todos teníamos que quitarnos la ropa y ponernos la pantaloneta y la playera de física. Aquéllas playeras eran de mangas rojas o azules, según el gusto. Tenían como “mayitas” y el centro del pecho y espalda de cada playera era blanco y tenía, creo, un diz que logo del Martínez Durán –o quien sabe, talvez sí era el logo del establecimiento-, Las chicas se veían muy bien debajo de esas playeras. A casi todos les quedaba grande la playera. Ahora, la pantaloneta, esa creo que solo tenía que ser azul y podía ser cualquiera. En ese entonces estaba “de moda” (bien por moda en sí o por pura precaución) que las chicas llevaran debajo de sus faldas licras para que no se les viera… lo que, de plano, uno en la adolescencia les quiere ver. Pero, al parecer, era tan fascinante la licra esa que ni siquiera se la quitaban para hacer física, es decir, que salían en pantaloneta ¡y debajo la licra! Pregunto: ¿a qué estábamos jugando en ese entonces?
Pero volvamos al Quelito. He dicho que todos teníamos que quitarnos la ropa y ponernos el uniforme de física para recibir dicha clase. Pero el Quelito era uno de los que esperaba que la mayoría se cambiase y saliera para estar más tranquilo. Digamos que el niño tenía su “pudor”. No era el único. A mi no me gustaba quedarme en calzoncillo y, por una extraña razón (algunos dirán, seguro, “por huecada”) siempre procuraba como taparme cuando me quitaba el pantalón. ¿No les digo? Timidez, timidez (ve si en estos días me vales!).
Pero… ¡Volvamos al Quelito hombre! Recuerdo que, una vez, Pedro, uno que estaba con nosotros en 1º y que era de los más gordos (sino el que más), notó que el otro estaba bastante apartado o, mejor dicho, que se cambiaba con reserva y ¡zaz! ¡Le baja la pantaloneta!
2 libras de tomate licuadas con salsa naturas no bastarían para intentar comparar el color rojo que se le subió a la cara. ¡Pobre Quelito!
Sin embargo, el pudor no le duró mucho al joven. Bien dicen que “si no puedes contra ellos, mejor úneteles”. Cuando me vine a dar cuenta, luego ya de varias clases y cambiaderas en los vestidores, el querido camarada, prácticamente, quedaba semi desnudo y levantaba los brazos haciendo “un grito de júbilo” -dirían los buenos cristianos- y bailando algo parecido al “tongoneo” ¿recuerdan el “tongoneo”? Era “una manera sensual de seducir y enamorar”, bueno, por lo menos así decía la canción, era de un grupo que se llama Mestizzo, pero no recuerdo el año de la misma. No sé, ¡la cosa es que así bailaba el Quelito!
Ya, con el pasar de los años, hasta malas palabras decía el hombre. Bueno, mejor dicho, palabras soeces, no aptas para oídos sanos y pulcros. ¡Pulcritud! Valla vaina la que se le perdió al Quelito de aquéllos días, y todo por ver a tanto varón casi desnudo. Ja, ja, ja, ja.
Allá por el año de 2002, resultamos siendo casi familiares o algo por el estilo. Yo era novio de la cuñada de la hermana del novio o pretendiente de su media hermana, algo así. Es que ¡era chula la hermana del Quelito!
Si lo miran, me lo saludan.
Pero volvamos al Quelito. Le decían así, claro, por el nombre. Pues, resulta que el Quelito, que levantaba polvo según me acuerdo, era exacerbadamente tímido el joven.
Recuerdo cuando teníamos que ir a los vestidores para cambiarnos en educación física (esta historia ya la conté, en el “after party” del segundo reencuentro, del 19 de enero), todos teníamos que quitarnos la ropa y ponernos la pantaloneta y la playera de física. Aquéllas playeras eran de mangas rojas o azules, según el gusto. Tenían como “mayitas” y el centro del pecho y espalda de cada playera era blanco y tenía, creo, un diz que logo del Martínez Durán –o quien sabe, talvez sí era el logo del establecimiento-, Las chicas se veían muy bien debajo de esas playeras. A casi todos les quedaba grande la playera. Ahora, la pantaloneta, esa creo que solo tenía que ser azul y podía ser cualquiera. En ese entonces estaba “de moda” (bien por moda en sí o por pura precaución) que las chicas llevaran debajo de sus faldas licras para que no se les viera… lo que, de plano, uno en la adolescencia les quiere ver. Pero, al parecer, era tan fascinante la licra esa que ni siquiera se la quitaban para hacer física, es decir, que salían en pantaloneta ¡y debajo la licra! Pregunto: ¿a qué estábamos jugando en ese entonces?
Pero volvamos al Quelito. He dicho que todos teníamos que quitarnos la ropa y ponernos el uniforme de física para recibir dicha clase. Pero el Quelito era uno de los que esperaba que la mayoría se cambiase y saliera para estar más tranquilo. Digamos que el niño tenía su “pudor”. No era el único. A mi no me gustaba quedarme en calzoncillo y, por una extraña razón (algunos dirán, seguro, “por huecada”) siempre procuraba como taparme cuando me quitaba el pantalón. ¿No les digo? Timidez, timidez (ve si en estos días me vales!).
Pero… ¡Volvamos al Quelito hombre! Recuerdo que, una vez, Pedro, uno que estaba con nosotros en 1º y que era de los más gordos (sino el que más), notó que el otro estaba bastante apartado o, mejor dicho, que se cambiaba con reserva y ¡zaz! ¡Le baja la pantaloneta!
2 libras de tomate licuadas con salsa naturas no bastarían para intentar comparar el color rojo que se le subió a la cara. ¡Pobre Quelito!
Sin embargo, el pudor no le duró mucho al joven. Bien dicen que “si no puedes contra ellos, mejor úneteles”. Cuando me vine a dar cuenta, luego ya de varias clases y cambiaderas en los vestidores, el querido camarada, prácticamente, quedaba semi desnudo y levantaba los brazos haciendo “un grito de júbilo” -dirían los buenos cristianos- y bailando algo parecido al “tongoneo” ¿recuerdan el “tongoneo”? Era “una manera sensual de seducir y enamorar”, bueno, por lo menos así decía la canción, era de un grupo que se llama Mestizzo, pero no recuerdo el año de la misma. No sé, ¡la cosa es que así bailaba el Quelito!
Ya, con el pasar de los años, hasta malas palabras decía el hombre. Bueno, mejor dicho, palabras soeces, no aptas para oídos sanos y pulcros. ¡Pulcritud! Valla vaina la que se le perdió al Quelito de aquéllos días, y todo por ver a tanto varón casi desnudo. Ja, ja, ja, ja.
Allá por el año de 2002, resultamos siendo casi familiares o algo por el estilo. Yo era novio de la cuñada de la hermana del novio o pretendiente de su media hermana, algo así. Es que ¡era chula la hermana del Quelito!
Si lo miran, me lo saludan.
martes 12 de febrero de 2008
La Seño Palmi.
Dicen que en los frascos más pequeños, se guardan las mejores esencias. Para algunos, claro, apunta mejor aquello que dice que lo que allí se guarda son los venenos más fuertes, pero no se debe olvidar que, en los mismos frascos pequeños, también se guardan las muestras y, lo mejor, ¡se regalan!
Pero, en la pequeñez está la salvación y la verdadera entrega. Prueba de ello fue la mismísima “Seño” Palmi. Esa maestra que todo el mundo quiso y nadie pudo olvidar. Generaciones tras generaciones pasaron por el salón oscuriverde del Martínez Durán llevándose consigo, no solo las notas melódicas de una canción, sino todo el amor armónico que una maestra podía irradiar y entregar.
La Seño Palmi tenía ese no sé qué que pocos tienen. Ese no sé qué que nadie olvida. Ese no sé qué que, aunque ella ya no está entre nosotros, aún permanece.
A ella le tocó llegar al principio del año. Afanosa, más que en enseñarnos la música, en que aprendiéramos a tocar la flauta u otro instrumento musical. Para ser honesto, hubiera querido yo ponerle la atención al asunto, así como se la puse por allá por 1999: hasta canté con mi guitarra canciones revolucionarias frente a unas 400 personas en un concierto insurrecto… pero esa historia es de otras memorias.
Pues, empeñada, ella, en hacernos cantar. Recuerdo que había una canción que nos enseñó donde iban ciertas notas, digamos, DO, SOL FA Y RE, por decir algo. Pues, digamos que la clase se partía en cuatro: los de la derecha, arriba; los de la derecha, abajo; los de la izquierda, arriba; los de la izquierda, abajo. Y, entonces, los de la derecha, arriba, comenzaban: DO, DO, DO, DO,…. Y, unos cuantos tiempos musicales después, seguían los de la izquierda, abajo: SOL, SOL, SOL, SOL, SOL,… y al mismo tiempo. Otros tiempos después, entraban los de la derecha, abajo: FA, FA, FA…. Y por ultimo, los de la izquierda arriba: RE, RE, RE, RE…. El fin era que, juntos, cada grupo con su nota, formáramos una especie de acorde musical hecho a voces… ni siquiera las chicas del coro podían estar tan desafinadas.
Otro día nos ponía a cantar otra canción. Yo creo que hasta en inglés cantamos, pero, como siempre, no me acuerdo bien. También, como lo dije en la memoria anterior, aprendimos a cantar “El Hombre de Crogmañón”. Prometo que hoy mismo busco mi cuaderno de música y les cuento qué otras canciones aprendimos, porque todavía tengo por allí mi cuaderno de música.
La Seño Palmi era tan especial, que un día la fueron a buscar al instituto alumnas de la escuela donde antes ella daba clases. Esta maestra era la única, si mal no estoy, que nos daba tarjetitas cuando salíamos de vacaciones, diciéndonos que nos iba a extrañar bastante. ¿Se imaginan qué paciencia ponerse a hacer tarjetitas para todos los alumnos de ese entonces?
Allí comprobamos todos, sin duda, que los cuerpos más pequeños envuelven a los corazones más grandes. Talvez las arrugas que surcaban por su rostros solo eran un reflejo de la cantidad de historias de amor que había vivido.
No regañaba, o era muy raro que lo hiciera. No gritaba… aunque no estoy seguro si era ella la que somataba una regla de madera en la pizarra para callarnos cuando había mucha bulla.
En otra ocasión, llevó, para que todos le conociéramos, al, creo, tío segundo de mi abuelo paterno: el gran maestro José Ernesto Monzón, el autor de “Soy de Zacapa”, entre otras melodías. “El cantor del paisaje” le decían –por si no sabían-. Recuerdo que todos teníamos que hacer una fila para que el Maestro nos autografiara el cuaderno. A mí me pregunto: ¿Cómo te llamás patojo? –Oscar Monzón, le dije. –MMMM, habremos de ser parientes”. Yo solo me reí y me dio unas palmadas en la espalda y me estrecho la mano. Aquélla visita, realmente, era trascendental, pero, como siempre, seguro que no le dimos la importancia del asunto.
Pues eso, entre otras cosas que pudimos pasar allí. Eso sí, los dictados de la Seño Palmi si eran algo grandes. Y hubo tiempo, si no estoy mal, que era solo dictado, tras dictado, tras dictado. Refrésquenme esta memoria si lo que afirmo no fue así (lo voy a agradecer mucho).
La Seño Palmi fue la única que lloró cuando nosotros nos fuimos. Bueno, y cuando se fueron los del siguiente año, y los del siguiente, y los del siguiente, etc.
Talvez cada lágrima que dejaba marcada su mejilla con otro año más de vida, solo era el consuelo de la resignación de que la vida misma continúa como el tiempo y que, un día, uno pasa a vivirla en otro lado. Talvez ella sí entendía que la vida es idéntica al amor, como dice Cabral: “Nunca se muere, solo cambia de lugar”.
Que la música siga, allá donde vive ahora.
Mi abrazo fuerte para tod@s.
Pero, en la pequeñez está la salvación y la verdadera entrega. Prueba de ello fue la mismísima “Seño” Palmi. Esa maestra que todo el mundo quiso y nadie pudo olvidar. Generaciones tras generaciones pasaron por el salón oscuriverde del Martínez Durán llevándose consigo, no solo las notas melódicas de una canción, sino todo el amor armónico que una maestra podía irradiar y entregar.
La Seño Palmi tenía ese no sé qué que pocos tienen. Ese no sé qué que nadie olvida. Ese no sé qué que, aunque ella ya no está entre nosotros, aún permanece.
A ella le tocó llegar al principio del año. Afanosa, más que en enseñarnos la música, en que aprendiéramos a tocar la flauta u otro instrumento musical. Para ser honesto, hubiera querido yo ponerle la atención al asunto, así como se la puse por allá por 1999: hasta canté con mi guitarra canciones revolucionarias frente a unas 400 personas en un concierto insurrecto… pero esa historia es de otras memorias.
Pues, empeñada, ella, en hacernos cantar. Recuerdo que había una canción que nos enseñó donde iban ciertas notas, digamos, DO, SOL FA Y RE, por decir algo. Pues, digamos que la clase se partía en cuatro: los de la derecha, arriba; los de la derecha, abajo; los de la izquierda, arriba; los de la izquierda, abajo. Y, entonces, los de la derecha, arriba, comenzaban: DO, DO, DO, DO,…. Y, unos cuantos tiempos musicales después, seguían los de la izquierda, abajo: SOL, SOL, SOL, SOL, SOL,… y al mismo tiempo. Otros tiempos después, entraban los de la derecha, abajo: FA, FA, FA…. Y por ultimo, los de la izquierda arriba: RE, RE, RE, RE…. El fin era que, juntos, cada grupo con su nota, formáramos una especie de acorde musical hecho a voces… ni siquiera las chicas del coro podían estar tan desafinadas.
Otro día nos ponía a cantar otra canción. Yo creo que hasta en inglés cantamos, pero, como siempre, no me acuerdo bien. También, como lo dije en la memoria anterior, aprendimos a cantar “El Hombre de Crogmañón”. Prometo que hoy mismo busco mi cuaderno de música y les cuento qué otras canciones aprendimos, porque todavía tengo por allí mi cuaderno de música.
La Seño Palmi era tan especial, que un día la fueron a buscar al instituto alumnas de la escuela donde antes ella daba clases. Esta maestra era la única, si mal no estoy, que nos daba tarjetitas cuando salíamos de vacaciones, diciéndonos que nos iba a extrañar bastante. ¿Se imaginan qué paciencia ponerse a hacer tarjetitas para todos los alumnos de ese entonces?
Allí comprobamos todos, sin duda, que los cuerpos más pequeños envuelven a los corazones más grandes. Talvez las arrugas que surcaban por su rostros solo eran un reflejo de la cantidad de historias de amor que había vivido.
No regañaba, o era muy raro que lo hiciera. No gritaba… aunque no estoy seguro si era ella la que somataba una regla de madera en la pizarra para callarnos cuando había mucha bulla.
En otra ocasión, llevó, para que todos le conociéramos, al, creo, tío segundo de mi abuelo paterno: el gran maestro José Ernesto Monzón, el autor de “Soy de Zacapa”, entre otras melodías. “El cantor del paisaje” le decían –por si no sabían-. Recuerdo que todos teníamos que hacer una fila para que el Maestro nos autografiara el cuaderno. A mí me pregunto: ¿Cómo te llamás patojo? –Oscar Monzón, le dije. –MMMM, habremos de ser parientes”. Yo solo me reí y me dio unas palmadas en la espalda y me estrecho la mano. Aquélla visita, realmente, era trascendental, pero, como siempre, seguro que no le dimos la importancia del asunto.
Pues eso, entre otras cosas que pudimos pasar allí. Eso sí, los dictados de la Seño Palmi si eran algo grandes. Y hubo tiempo, si no estoy mal, que era solo dictado, tras dictado, tras dictado. Refrésquenme esta memoria si lo que afirmo no fue así (lo voy a agradecer mucho).
La Seño Palmi fue la única que lloró cuando nosotros nos fuimos. Bueno, y cuando se fueron los del siguiente año, y los del siguiente, y los del siguiente, etc.
Talvez cada lágrima que dejaba marcada su mejilla con otro año más de vida, solo era el consuelo de la resignación de que la vida misma continúa como el tiempo y que, un día, uno pasa a vivirla en otro lado. Talvez ella sí entendía que la vida es idéntica al amor, como dice Cabral: “Nunca se muere, solo cambia de lugar”.
Que la música siga, allá donde vive ahora.
Mi abrazo fuerte para tod@s.
lunes 11 de febrero de 2008
Música
Si había una clase que me gustaba, esa era la de música. Y es que, como dice el viejo adagio: “de poeta, músico y loco, todos tenemos un poco”. Yo no sé si tuve de las tres o solo de una, pero ahí voy.
Pero, la clase esa me gustaba. Y cuando digo la clase, hago una dualidad de significados en lo que digo, porque, me gustaba la clase de música, por la música; y me gustaba la clase de música por el salón a donde debíamos ir.
¿A poco no era caquero para esos días? Butacas de dos piezas con, si tenías suerte, tu propio tablerito incorporado, salón grande donde podías estar fregando la pita en la parte de atrás, asientos escalonados que hacían más evidente cuando uno llegaba tarde al salón, etc.
Algo había en ese salón que tenía una química especial, ¿o no?
Pues, allí encontrabas de todo (que no quiere decir que todo lo podías usar). Por ejemplo, a la vista de todos los presentes había una marimba. Fue rara la vez que la vi destapada. En un cuartito que había atrás, había guitarras, redoblantes –últimos vestigios de lo que, aparentemente, había sido una banda escolar del instituto- y otros instrumentos musicales que, para variar, ahora no me acuerdo.
Talvez lo único medio malo que tenía el salón, es que era medio oscuro. Recuerdo, si la memoria no me falla y no es daltónica, que era verde. Un verde pizarrón que hacia medio tenebroso el lugar. O es que mis recuerdos se están poniendo verdes en mi cabeza o las ideas se me están poniendo oscuras.
Al mando estaba el Mandibulín. No recuerdo como se llamaba ese profesor. Alto, delgado, con anteojos y un su mostachito que, de plano, para él era medio sexy. Le decían “mandibulín” por el mismo motivo que un tal “werner” tenía apodo (ustedes, mujeres, sabrán).
Ese mandibulín tuvo la osadía de iniciarnos en la música selecta. Música clásica, pues, para los ávidos de cultura musical. Nos presentó a Bethoven y, seguramente, también a Mozart y a Hendel. No recuerdo bien, pero sí estoy seguro que fue allí, en esa clase de música, con el mandibulín, cuando aprendí que la melodía con la que entra “El Chavo del 8” era un fragmento de un movimiento de una melodía de música clásica. Bárbaro ¿no?
Pero, un día, don “cuento”, mandibulín, tuvo la “brillante” idea de enseñarnos el pentagrama, en clave de sol, y meternos en la cabeza, de manera gráfica, las equivalencias de los símbolos musicales que aparecen en el susodicho pentagrama: las corcheas, las blancas, las negras, las semicorcheas, las redondas, etc.
¡a-la-ma-dre¡ Esa clase fue dura. Cada uno tenía que pasar al pizarrón y mostrar las equivalencias. Por ejemplo, si Marco pasaba al frente, el maestro le decía: “Dibújeme 2 redondas”. Y tenía Marco que hacer las redondas. Pero después pasaba, digamos, Adriana, y el Prof. le decía “Hágame 2 redondas pero en corcheas” y va Adriana y hace la cantidad de corcheas que caben en 2 redondas, y después pasaba Manuela, por decir, y el Prof. atacaba: “Póngame las 2 redondas pero en negras” Y va Manuela a hacer la equivalencia… ¿Y si no te acordabas? ZAZ!!! La cagada fantasma. Qué huevos.
Dos cosas hacían más horrenda aquélla clase: los que íbamos pasando, si no íbamos por lista, íbamos pasando de acuerdo al lugar donde estábamos sentados –no recuerdo cuál de las dos fue el método- y, la segunda cosa, era que, cuando te tocaba hacer los míseros círculos de las figuritas esas, a puro huevo, A PURO HUEVO, tenías que hacer, primero la mitad del círculo abajo, y después la mitad del círculo arriba. Si no lo hacías así… ¡TOMA! Te caía la regañada del Mandibulín.
Más o menos unos tres meses después de haber comenzado las clases, allá por 1991, los que fueron a sufrir todo el merequetengue de las corcheas, negras, fusas y difusas, fueron los de Comercio o del Aqueche –para variar, no me acuerdo- porque el Prof. hizo intercambio de plazas y llegó, en su lugar, la muy bien y gratamente recordada Seño Palmi.
La misma que dejó por un lado a Bethoven y se esmeró en que aprendiéramos de memoria “El Hombre de Crogmañon”:
El hombre de Cro,
el hombre de Ma,
el hombre de ñon…
El hombre de crog ma ñon,
pedrito pedrusco pedroso era un hombre de piedra y de gran corazón,
la la la”.
Estoy seguro que la Seño Palmi, se merece un capitulo aparte.
Abrazos clásicos y besos musicales para tod@s.
Pero, la clase esa me gustaba. Y cuando digo la clase, hago una dualidad de significados en lo que digo, porque, me gustaba la clase de música, por la música; y me gustaba la clase de música por el salón a donde debíamos ir.
¿A poco no era caquero para esos días? Butacas de dos piezas con, si tenías suerte, tu propio tablerito incorporado, salón grande donde podías estar fregando la pita en la parte de atrás, asientos escalonados que hacían más evidente cuando uno llegaba tarde al salón, etc.
Algo había en ese salón que tenía una química especial, ¿o no?
Pues, allí encontrabas de todo (que no quiere decir que todo lo podías usar). Por ejemplo, a la vista de todos los presentes había una marimba. Fue rara la vez que la vi destapada. En un cuartito que había atrás, había guitarras, redoblantes –últimos vestigios de lo que, aparentemente, había sido una banda escolar del instituto- y otros instrumentos musicales que, para variar, ahora no me acuerdo.
Talvez lo único medio malo que tenía el salón, es que era medio oscuro. Recuerdo, si la memoria no me falla y no es daltónica, que era verde. Un verde pizarrón que hacia medio tenebroso el lugar. O es que mis recuerdos se están poniendo verdes en mi cabeza o las ideas se me están poniendo oscuras.
Al mando estaba el Mandibulín. No recuerdo como se llamaba ese profesor. Alto, delgado, con anteojos y un su mostachito que, de plano, para él era medio sexy. Le decían “mandibulín” por el mismo motivo que un tal “werner” tenía apodo (ustedes, mujeres, sabrán).
Ese mandibulín tuvo la osadía de iniciarnos en la música selecta. Música clásica, pues, para los ávidos de cultura musical. Nos presentó a Bethoven y, seguramente, también a Mozart y a Hendel. No recuerdo bien, pero sí estoy seguro que fue allí, en esa clase de música, con el mandibulín, cuando aprendí que la melodía con la que entra “El Chavo del 8” era un fragmento de un movimiento de una melodía de música clásica. Bárbaro ¿no?
Pero, un día, don “cuento”, mandibulín, tuvo la “brillante” idea de enseñarnos el pentagrama, en clave de sol, y meternos en la cabeza, de manera gráfica, las equivalencias de los símbolos musicales que aparecen en el susodicho pentagrama: las corcheas, las blancas, las negras, las semicorcheas, las redondas, etc.
¡a-la-ma-dre¡ Esa clase fue dura. Cada uno tenía que pasar al pizarrón y mostrar las equivalencias. Por ejemplo, si Marco pasaba al frente, el maestro le decía: “Dibújeme 2 redondas”. Y tenía Marco que hacer las redondas. Pero después pasaba, digamos, Adriana, y el Prof. le decía “Hágame 2 redondas pero en corcheas” y va Adriana y hace la cantidad de corcheas que caben en 2 redondas, y después pasaba Manuela, por decir, y el Prof. atacaba: “Póngame las 2 redondas pero en negras” Y va Manuela a hacer la equivalencia… ¿Y si no te acordabas? ZAZ!!! La cagada fantasma. Qué huevos.
Dos cosas hacían más horrenda aquélla clase: los que íbamos pasando, si no íbamos por lista, íbamos pasando de acuerdo al lugar donde estábamos sentados –no recuerdo cuál de las dos fue el método- y, la segunda cosa, era que, cuando te tocaba hacer los míseros círculos de las figuritas esas, a puro huevo, A PURO HUEVO, tenías que hacer, primero la mitad del círculo abajo, y después la mitad del círculo arriba. Si no lo hacías así… ¡TOMA! Te caía la regañada del Mandibulín.
Más o menos unos tres meses después de haber comenzado las clases, allá por 1991, los que fueron a sufrir todo el merequetengue de las corcheas, negras, fusas y difusas, fueron los de Comercio o del Aqueche –para variar, no me acuerdo- porque el Prof. hizo intercambio de plazas y llegó, en su lugar, la muy bien y gratamente recordada Seño Palmi.
La misma que dejó por un lado a Bethoven y se esmeró en que aprendiéramos de memoria “El Hombre de Crogmañon”:
El hombre de Cro,
el hombre de Ma,
el hombre de ñon…
El hombre de crog ma ñon,
pedrito pedrusco pedroso era un hombre de piedra y de gran corazón,
la la la”.
Estoy seguro que la Seño Palmi, se merece un capitulo aparte.
Abrazos clásicos y besos musicales para tod@s.
Escarmiento
Honestamente, no recuerdo bien por qué fue.
Seguramente, algo malo tuvimos que haber hecho o, peor aún, alguien ha de haber hecho algo malo, realmente malo (muy malo) –aunque para estos días, seriamente estúpido- para que nos pusieran a hacer lo que en esa mañana nos pusieron a hacer.
Recuerdo que al día siguiente de que nos pusieron a hacer eso que estoy contando, todos se quejaban de harto dolor. Ese dolor serio que le entra a uno alrededor de los huesos y que se precia de intocable, porque cuando a uno lo tocan, ahí donde duele, simplemente, no se aguanta.
Tampoco recuerdo si ese día estaba claro o estaba nublado. Pero lo más seguro es que había bastante calor o, por lo menos, todos estábamos hiper acalorados por lo que había pasado. Pero creo que no llovió, porque, si mal no estoy, no era día de invierno. En esos años la temporada no estaba tan loca como lo ha estado por estos días: hoy llueve, mañana sol, pasado sombra, después calor y, de ahí, frío. Uno no entiende.
Pues bien, al que si recuerdo, pero no recuerdo (porque lo recuerdo a él, a lo lejos, pero no recuerdo su nombre) era a un gordito, bien gordito, blanco, pelo corto con voz firme, y también al “Quiché”. El Quiché tenía planta de indígena, sí, pero no le decíamos así porque así queríamos decirle, sino porque así era su apellido. De esos apellidos que cazan bien con la persona.
Insisto, esa mañana – porque, efectivamente fue de mañana- nos tocaba la clase de educación física, con el Diablo. De hecho, ya habíamos pasado la clase de física, es más, algunos ya se habían puesto el pantalón gris “Oxford” de tela adquirida en “Novatex” propio del uniforme, cuando nos pusieron a hacer aquello de lo que hoy hablamos.
Ese Diablo se dio gusto esa mañana que se me ha quedado trabada en la distancia.
Pero, también honestamente, no recuerdo bien en qué consistió aquello. Pero sí recuerdo que fue una tarea física ardua, bastante dura, durísima para mejor decir. Tampoco estoy seguro si nos pusieron a alguien para dirigirnos o no nos lo pusieron. Y tampoco estoy seguro en mi memoria si ese alguien fue de otro grado o era mujer. Lo siento, no me acuerdo.
Pero sí sé, y lo sé muy bien, que después de las más de 200 sentadillas que nos pusieron a hacer por no sé qué cosa aquella mañana después de la clase de Física en el Martínez Durán, justo antes de la hora de salida, después de ese castigo, para ese entonces muy doloroso, algunos estaban llorando, otros maldiciendo y, los más reservados, como yo, imaginando que, con ese calor y castigados por ese mísero Diablo, seguro que habíamos conocido, a base de dolores musculares, un poquito lo que era, en aquéllos días, el infierno.
Saludos a mis compañeros, y no a las compañeras, porque no fueron ellas a las que les tocó el recuerdo del castigo.
Pero abrazo para tod@s.
Seguramente, algo malo tuvimos que haber hecho o, peor aún, alguien ha de haber hecho algo malo, realmente malo (muy malo) –aunque para estos días, seriamente estúpido- para que nos pusieran a hacer lo que en esa mañana nos pusieron a hacer.
Recuerdo que al día siguiente de que nos pusieron a hacer eso que estoy contando, todos se quejaban de harto dolor. Ese dolor serio que le entra a uno alrededor de los huesos y que se precia de intocable, porque cuando a uno lo tocan, ahí donde duele, simplemente, no se aguanta.
Tampoco recuerdo si ese día estaba claro o estaba nublado. Pero lo más seguro es que había bastante calor o, por lo menos, todos estábamos hiper acalorados por lo que había pasado. Pero creo que no llovió, porque, si mal no estoy, no era día de invierno. En esos años la temporada no estaba tan loca como lo ha estado por estos días: hoy llueve, mañana sol, pasado sombra, después calor y, de ahí, frío. Uno no entiende.
Pues bien, al que si recuerdo, pero no recuerdo (porque lo recuerdo a él, a lo lejos, pero no recuerdo su nombre) era a un gordito, bien gordito, blanco, pelo corto con voz firme, y también al “Quiché”. El Quiché tenía planta de indígena, sí, pero no le decíamos así porque así queríamos decirle, sino porque así era su apellido. De esos apellidos que cazan bien con la persona.
Insisto, esa mañana – porque, efectivamente fue de mañana- nos tocaba la clase de educación física, con el Diablo. De hecho, ya habíamos pasado la clase de física, es más, algunos ya se habían puesto el pantalón gris “Oxford” de tela adquirida en “Novatex” propio del uniforme, cuando nos pusieron a hacer aquello de lo que hoy hablamos.
Ese Diablo se dio gusto esa mañana que se me ha quedado trabada en la distancia.
Pero, también honestamente, no recuerdo bien en qué consistió aquello. Pero sí recuerdo que fue una tarea física ardua, bastante dura, durísima para mejor decir. Tampoco estoy seguro si nos pusieron a alguien para dirigirnos o no nos lo pusieron. Y tampoco estoy seguro en mi memoria si ese alguien fue de otro grado o era mujer. Lo siento, no me acuerdo.
Pero sí sé, y lo sé muy bien, que después de las más de 200 sentadillas que nos pusieron a hacer por no sé qué cosa aquella mañana después de la clase de Física en el Martínez Durán, justo antes de la hora de salida, después de ese castigo, para ese entonces muy doloroso, algunos estaban llorando, otros maldiciendo y, los más reservados, como yo, imaginando que, con ese calor y castigados por ese mísero Diablo, seguro que habíamos conocido, a base de dolores musculares, un poquito lo que era, en aquéllos días, el infierno.
Saludos a mis compañeros, y no a las compañeras, porque no fueron ellas a las que les tocó el recuerdo del castigo.
Pero abrazo para tod@s.
viernes 18 de enero de 2008
Los Nazarenos.
Nazarenos españoles. Similares a los que describe Jose Milla en su obra de 1867Bueno, ¡las benditas comprobaciones de lectura! A la “seño” Etelvina se le ocurrió ponernos a leer. Algo que no hacíamos muchos, por cierto – talvez no pasábamos, en ese entonces (y por lo menos yo) de la “revista chicos”-. Pues se le ocurre ponernos a leer “Los Nazarenos”. ¿Alguien se acuerda de la historia de los Nazarenos? La historia de una comunidad secreta conformada por individuos de todas las clases sociales de la Guatemala de antaño, cuando la capital estaba asentada en lo que hoy conocemos como Antigua Guatemala (¿verdad que dan ganas de tomarse un par de cervezas cuando uno dice “Antigua”?). Es una novela ambientada en el siglo XVII, pero escrita en 1867, por Pepe Milla.
Pues ¡la mendiga novela era como así de grueso!! Bueno, perdón, pensé que me estaban viendo. Pues tenía demasiadas páginas. Solo de verla no daban ganas de leerla. Sin embargo, la historia era muy buena, tanto, que yo la leí como dos veces. Me aprendí de memoria los personajes, las situaciones, los secretos, las tramas, las intrigas, las palabras de los protagonistas, los pasadizos secretos… ¡Todo! Me recuerdo todavía de la "clave" que utilizaban los Nazarenos para identificarse, que, por cierto, fué una de las preguntas del examen: Uno decía "Malo mori" y el otro contestaba "Quam Foedari". Eso significa: "Mejor morir, que perder el Honor"... o algo por el estilo.
¡Pues no estuvo mal! Cuando nos hicieron la comprobación de lectura, la primera que yo conocía a lo largo de mi “carrera escolar”, comencé a leer las preguntas, no sé por qué, pero recuerdo que fue la primera vez que le hice caso a la maestra cuando nos sugirió que, antes de contestar, leyéramos primero las preguntas y contestar la más fácil. Bendito Dios, a mí todas me parecieron fáciles después de leerlas y… ¡ZAZ! Saqué 100 puntos! (los únicos que creo que saqué en toda mi vida prevocacional –creo-)
No negaré que fue una gran satisfacción… hasta que, claro, aunado ese triunfo al hecho de haber realizado el bendito trabajo de “¿Quién soy yo?”. Fui semi predilecto de la seño Etelvina y a cada rato me venía preguntando la maestra cosas y todos me miraban con cara de… saber con qué cara me miraban, no muy me acuerdo. ¡Vamos! Eso fue en el, como suele decirse, “buen año” de 1991. Todo marchaba bien… hasta que mi papá decidió comprar la televisión en la casa ¡y a colores!
En ese entonces no teníamos televisión, pero esa será otra historia.
Talvez no fue muy entretenida, pero si memorable... por lo menos para mí.
Los quiero a tod@s.
viernes 11 de enero de 2008
La Seño Etelvina.
Una de las cosas que, a estas alturas, son interminables, son las comprobaciones de lectura. Y digo interminables porque empecé a tener conocimiento de las mismas o, por lo menos, llamarlas de ese modo, justamente en el buen año de 1991, con la maestra de Idioma Español. Por supuesto que antes, en mis años de primaria, ya me hacían las mentadas comprobaciones, pero nadie las llamaba así. El término sonaba “interesante”, digamos. Y, cuando digo interminables, es porque aún no terminan (o es que el que no termina soy yo, porque ya van 11 años de Universidad ¡Y no hay modo!).
El caso es que, en Idioma Español, tuvimos las comprobaciones de lectura y, si no estoy mal, todo fue “por culpa” de la obsesionada maestra Etelvina (a puras penas me acordé del nombre, no me pregunten el apellido). Una maestra, en lo que recuerdo, cachetoncita, morena clara, ojos claros, boca chiquita, pelo digamos que rizado o medio colocho y muy pequeña. Eso sí, una proyección de voz impresionante y, como todos o casi todos los maestros de aquélla época, una letra cursiva bellísima.
Esta maestra fue la que, aparte de las comprobaciones de lectura, se tomaba –o nos hacía tomar- “la molestia” de hacernos un examen autocrítico de nosotros mismos. ¿Cómo lo hacía? Con un famosísimo ensayo, que venía de generación en generación –porque a mi hermana mayor también le tocó hacer el mismo ensayo-, que llevaba por nombre “¿QUIÉN SOY YO?”. Resulta que tenías que escribir en unas 5 hojas, más o menos, quién eras, qué hacías, en dónde vivías, cómo vivías, con quién y por qué hacías las cosas que hacías. Todo a mano, y no porque en ese entonces no existieran las máquinas de escribir -a parte que muchos todavía no sabíamos usarlas-, sino porque estaba empeñada en que uno escribiera para juzgarle la ortografía y, por supuesto, la caligrafía (méndiga caligrafía).
“¿Quién soy yo?” era la pregunta que me hacía con la mano puesta en la barbilla y mirando hacia el horizonte, cuando de pronto llegó una amiga de mi hermana mayor a la casa. Cuando esta amiga de mi hermana, que si mal no estoy se llama Paty, vio el trabajo que estaba haciendo, me dijo: “¡No hombre! Si eso es bien fácil. ¿Querés ser el ejemplo de tus clases con esa maestra y que para cualquier cosa siempre te pregunte a ti y que piense que eres el más pilas? Si me lo hubiera preguntado en estos años, mi respuesta hubiera sido ¡A HUEVOS! Pero, en aquellos años la inocencia aún no estaba perdida, ni podrida. Pues ¿cómo le hago? –Fácil, en lo que vas escribiendo, vas poniendo fotos de cuando tu eras pequeño. Poné fotos, fotos y muchas fotos y ponelo así, bonito. Ahí vas a ver si después te dice “Monzón aquí”, “Monzón allá”. Te lo digo porque así lo hice yo cuando ella me dio clases y no dejaba de ponerme de ejemplo, ¡hasta mal me caía eso después! ¡Preguntale a tu hermana, vas a ver!.
Pues, dicho al hecho, y la cosa que me costó un repecho (¿?) Voy con el trabajo y las fotos –que a saber qué se hicieron las mendigas fotos esas, mucho menos el trabajo- y ¡ZAZ! ¡Qué razón tenía la Paty! ¡Ay Dios! Fui la idolatría de la maestra por meses. Me ponía a leer para todos, me felicitaba por mi letra, me preguntaba siempre de los libros de José Milla y un montón de cosas más que, gracias a Dios, no me acuerdo a estas alturas. Ella siempre pensó que la idea había sido mía y solo mía… pero ahora ustedes saben la verdad.
Un día la maestra estaba dándose un baño, cuando de repente ¡resbaló!
Esa fue la última ducha de su vida… y también su último día.
Nosotros acabábamos de salir del 3º básico cuando eso pasó, según dicen.
La seño Etelvina. ¡Grande ella! ¡Qué sabiduría! Y uno que no la ve hasta cuando está lejos.
Talvez por eso estamos todos nosotros, los de aquéllos años, lejos ahora…
...para querernos como nos estamos queriendo.
Saludos.
El caso es que, en Idioma Español, tuvimos las comprobaciones de lectura y, si no estoy mal, todo fue “por culpa” de la obsesionada maestra Etelvina (a puras penas me acordé del nombre, no me pregunten el apellido). Una maestra, en lo que recuerdo, cachetoncita, morena clara, ojos claros, boca chiquita, pelo digamos que rizado o medio colocho y muy pequeña. Eso sí, una proyección de voz impresionante y, como todos o casi todos los maestros de aquélla época, una letra cursiva bellísima.
Esta maestra fue la que, aparte de las comprobaciones de lectura, se tomaba –o nos hacía tomar- “la molestia” de hacernos un examen autocrítico de nosotros mismos. ¿Cómo lo hacía? Con un famosísimo ensayo, que venía de generación en generación –porque a mi hermana mayor también le tocó hacer el mismo ensayo-, que llevaba por nombre “¿QUIÉN SOY YO?”. Resulta que tenías que escribir en unas 5 hojas, más o menos, quién eras, qué hacías, en dónde vivías, cómo vivías, con quién y por qué hacías las cosas que hacías. Todo a mano, y no porque en ese entonces no existieran las máquinas de escribir -a parte que muchos todavía no sabíamos usarlas-, sino porque estaba empeñada en que uno escribiera para juzgarle la ortografía y, por supuesto, la caligrafía (méndiga caligrafía).
“¿Quién soy yo?” era la pregunta que me hacía con la mano puesta en la barbilla y mirando hacia el horizonte, cuando de pronto llegó una amiga de mi hermana mayor a la casa. Cuando esta amiga de mi hermana, que si mal no estoy se llama Paty, vio el trabajo que estaba haciendo, me dijo: “¡No hombre! Si eso es bien fácil. ¿Querés ser el ejemplo de tus clases con esa maestra y que para cualquier cosa siempre te pregunte a ti y que piense que eres el más pilas? Si me lo hubiera preguntado en estos años, mi respuesta hubiera sido ¡A HUEVOS! Pero, en aquellos años la inocencia aún no estaba perdida, ni podrida. Pues ¿cómo le hago? –Fácil, en lo que vas escribiendo, vas poniendo fotos de cuando tu eras pequeño. Poné fotos, fotos y muchas fotos y ponelo así, bonito. Ahí vas a ver si después te dice “Monzón aquí”, “Monzón allá”. Te lo digo porque así lo hice yo cuando ella me dio clases y no dejaba de ponerme de ejemplo, ¡hasta mal me caía eso después! ¡Preguntale a tu hermana, vas a ver!.
Pues, dicho al hecho, y la cosa que me costó un repecho (¿?) Voy con el trabajo y las fotos –que a saber qué se hicieron las mendigas fotos esas, mucho menos el trabajo- y ¡ZAZ! ¡Qué razón tenía la Paty! ¡Ay Dios! Fui la idolatría de la maestra por meses. Me ponía a leer para todos, me felicitaba por mi letra, me preguntaba siempre de los libros de José Milla y un montón de cosas más que, gracias a Dios, no me acuerdo a estas alturas. Ella siempre pensó que la idea había sido mía y solo mía… pero ahora ustedes saben la verdad.
Un día la maestra estaba dándose un baño, cuando de repente ¡resbaló!
Esa fue la última ducha de su vida… y también su último día.
Nosotros acabábamos de salir del 3º básico cuando eso pasó, según dicen.
La seño Etelvina. ¡Grande ella! ¡Qué sabiduría! Y uno que no la ve hasta cuando está lejos.
Talvez por eso estamos todos nosotros, los de aquéllos años, lejos ahora…
...para querernos como nos estamos queriendo.
Saludos.
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